Leyendas del Fútbol

HELMUT SCHÖN, el retrato del entrenador alemán.

Helmut Schön representa como nadie todo los bueno del fútbol alemán. Campeón de Mundial y Eurocopa, una hazaña que solo ha podido igualar Vicente del Bosque. Hombre de ideas firmes, descubrió la generación más brillante del fútbol alemán, siendo un padre para sus hijos y un caballero en la victoria y la derrota.

  16/08/2016

Redacción: Héctor García/ El fútbol se lleva en las venas. Y ni siquiera un padre puede  imponerse cuando el deseo es mayor. Es lo que ocurrió con Helmut Schön. Vivió el fútbol desde niño en  la calle Seevorstadt, en Dresde. Lo hacía casi a escondidas, ya que su progenitor, comerciante de arte y secretario personal de la realeza británica, consideraba al fútbol como una actividad de baja alcurnia. Pero antes de pasar a la historia como el retrato perfecto del seleccionador alemán, Schön fue un brillante jugador, con una marca espectacular en una temporada: consiguió 47 goles en 46 partidos.

A los diez años pasó a formar parte del SV Dresdensia, un equipo de su ciudad natal. Lo hizo debutar un mito, Matthias Sindelar, en un partido amistoso en Bautzen. A partir de ahí se instaló en el primer equipo, aunque no duró mucho, ya que al poco tiempo se trasladó al SC Dresdensia Dresdner, donde el delantero Richard Hofmann era su ídolo. El inglés Jimmy Hogan, quien asumió la dirección técnica del DSC en 1928, fue muy importante para el desarrollo futbolista de Schon, un delantero que sorprendía en el área y de juego físico. Debutó en la liga Alemana en el verano de 1933, pero su carrera se vio frenada en 1936 por una grave lesión en los meniscos que le dejó fuera del césped durante mucho tiempo. Regresó a jugar en el Dresdner SC, ganando el Campeonato alemán de fútbol en 1943 y 1944 así como la copa en 1941 y 1942. También logró fue internacional en dieciséis ocasiones para su país entre 1937 y 1941, sumando diecisiete goles.

SCHÖN EL ENTRENADOR

Después de la Segunda Guerra Mundial pasó a los banquillos. Empezó en su estado natal, Sajonia, entonces parte de la Alemania Oriental ocupada por los soviéticos. Entrenó a las selecciones de Sajonia y de la zona de ocupación soviética antes huir a Alemania Occidental en 1950. Luego llegó un breve paso por el Hamburgo y posteriormente al Hertha BSC Berlin. Schön se convirtió en un entrenador en Colonia, antes de dirigir al Wiesbaden. Entre 1952 y 1956 estuvo a cargo de la por entonces independiente selección de fútbol del Sarre, que se enfrentó con Alemania Occidental en la clasificación para la Copa del Mundo de 1954. Fue ayudante de Sepp Herberger, técnico que había obrado El Milagro Alemán en la Copa del Mundo de 1954 al derrotar inesperadamente a la Hungría de Ferenc Puskas en la final. Ocho años de trabajo formidable que lo dejaron altamente cualificado para tener éxito como entrenador nacional, pero con un enfoque diferente a su maestro. Schoen enfatizaba menos en la disciplina colectiva del equipo. El traspaso de poderes en la Nationalmannschaft significó la edad dorada del fútbol alemán. Permaneció en el cargo hasta 1978 y su equipo se proclamó subcampeón mundial en 1966,campeón europeo en 1972 y mundial en 1974 y subcampeón europeo en 1976,cuando el penalti de Panenka a favor de la antigua Checoslovaquia. Un Mundial y Eurocopa, una secuencia solo igualada por Vicente del Bosque con el Mundial de Sudáfrica 2010 y la Eurocopa de 2012.

UN PADRE PARA SUS JUGADORES

Su imagen en los banquillos, coronada siempre con una gorra de plato, escondía a un hombre tranquilo.  Un padre para sus jugadores. Así lo contaba Uli Stielike en una entrevista: “Para mí, fue un padrazo porque la diferencia de edad entre los dos era abismal. Me hizo debutar en la selección siendo muy joven. Le recuerdo siempre con una de sus gorras, pues tenía muchas, dándome consejos sobre cómo colocarme en el campo. Era muy calmado y nunca levantaba la voz”. “El juego en sí se vive desde la ocupación del centro del campo, desde lo lúdico para desarrollar las ideas y que emane la creatividad”, afirmaba Schön sobre su idea en el terreno de juego. Con esa máxima fue reclutando jugadores para un equipo perfecto, por momentos imbatible. Pura fiabilidad alemana. “Siempre se ha dicho que los grandes futbolistas tienen buen ojo para detectar el talento y él lo tuvo. Con él explotaron Beckenbauer, Overath, Netzer, Breitner, Heynckes, Grabowsky...”, refiere Stielike. Cuando no había partidos no era extraño ver a Schön, siempre con su gorra, recorrerse todos los campos de Alemania buscando nuevos talentos. Un preludio de lo que ocurriría mucho tiempo después en Alemania. Antes del Mundial de 2006 en casa, la Federación alemana decidió instaurar un programa de formación que ha conseguido dar una de las generaciones más brillantes del fútbol alemán. Un entrenador que tomaba decisiones. No miraba la edad de sus jugadores, sino su talento. Solo así se explica lo que hizo en el Mundial de 1996 en Inglaterra. Allí le dio liderazgo de la defensa y de la selección a Franz Beckenbauer, que, a sus 20 años, sentó cátedra como líbero. Tampoco le tembló el pulso cuando tuvo que aparcar a la leyenda de Uwe Seeler para empezar a construir la era de Gerd Müller. “En un partido amistoso, Horst [Eckel], que era el titular y mi compañero de habitación, tuvo una discusión con él tan fuerte que Schoen no se lo llevó al Mundial inglés. A cambio, me llevó a mí, lo que me dejó en una situación incómoda con él”, relató Beckenbauer. Eso hizo que sus jugadores creyeran en él. Lealtad, era la palabra que definía la relación con sus puplios, como señala Berti Vogts: "Era un hombre que sólo vio lo bueno de los jugadores y la gente en general. Para mí él era el mejor y más exitoso entrenador nunca”. Schön creía en el fútbol por encima de todo. Un deporte limpio, de caballeros, ideas tal vez infundadas para contrarrestar los pensamientos de su padre. Su discurso tras perder la final de ese Mundial con el gol fantasma de Hurst fue memorable, reflejando la filosofía sobre este deporte. “Tranquilos, muchachos. Es mejor ser un buen segundo que un mal primero”, dijo. Al margen de ese gol, Schön señaló varios errores propios en esa final que evitaron que Alemania ganara el Mundial.

Errores que corrigió en los campeonatos posteriores, con una selección más ofensiva. Especialmente en el papel Beckenbauer, al que subió al medio del campo en el campeonato de Europa de 1972. Sumó a Günter Netzer, la fuerza atacante de Gerd Muller y las habilidades de Paul Breitner y Uli Honess. Vencieron a Inglaterra en los cuartos de final en Wembley para llevar Schön su venganza, luego pasó a abrumar a la Unión Soviética por 3-0 en la final. Una idea que perduró en el Mundial de Alemania de 1974. En casa, la Nationalmannschaft  tenía la difícil papeleta de superar a la Naranja Mecánica si quiería ganar. Una hazaña a la altura de la de 1954, que Schön vivió como asistente técnico. Alemania no fue un equipo brillante en el juego, pero sí pragmático. En la primera fase acabó segunda de grupo, por detrás de Alemania Democrática. Un nivel que aumentó en la siguiente fase, ganando todos sus partidos: 0-2 a Yugoslavia, 4-2 a Suecia y 0-1 a Polonia. En la final esperaba la Holanda del gran Cruyff, una selección imparable durante todo el campeonato, pero ya saben lo que ocurrió. Schoen logró convertirse en mito para el fútbol alemán. Una figuraba que representaba todo un país. Su carácter paternalista y bonachón y su carrera plagada de éxitos paralizaron Alemania cuando anunció su retirada. La televisión le dedicó una gala de despedida en la que el cantante austriaco Udo Jürgens le dedicó una canción titulada El hombre de la gorra se va y que definía todo lo que fue y lo que significó para sus compatriotas: “La gorra cayendo sobre el rostro / no expresa más que a un hombre tranquilo y con calma. / Así es como pedimos verle siempre en la banda. / Era como un general con corazón, / un amigo y un jefe al mismo tiempo. / Iba siempre dando consejos / o sacándose trucos del bolsillo. / Contigo hemos ganado y hemos perdido. / El hombre de la gorra se va a casa. / Gracias, Helmut”. Esa era la letra.

NUNCA LE OLVIDARÁN

Schön enfermó de Alzheimer. La enfermedad del olvido, pero ninguno de sus jugadores se olvidó de su entrenador. Cada año, los internacionales alemanes que conquistaron el Mundial de 1974, casi sus hijos, iban a visitarle por su cumpleaños. Las últimas veces que fueron a verle ya no les reconocía. Falleció el 23 de febrero de 1996. “En el fútbol moderno, ese carácter tan paternal es imposible. Los entrenadores no tienen tiempo para dedicarse a sus futbolistas como él lo hacía. Infundía respeto por todo lo que representaba y por su conocimiento, pero el gran secreto era que todos queríamos acudir a la selección para estar con él”, señaló El Kaiser, Beckenbauer, sobre su figura. Tampoco le olvida todo el fútbol alemán. Desde su muerte, un ritual permanece. En el estadio de Wiesbaden que lleva su nombre, en cada Mundial o Eurocopa, se instalan videomarcadores para seguir los partidos de la selección alemana que Schön hizo eterna.