Jess Surez Lourido

Editorial de la Edición  14

- Jesús Suárez Lourido / Licenciado en Periodismo y Ciencias de la Información. Máster en Comunicación Empresarial. Corresponsal en España de la Revista WORLD SOCCER DIGEST (Japón). Entrenador de Fútbol Nivel II (RFEF).

¿POR QUE NO SONRIEN?

Días pasados mantenía una charla con un entrenador de liga ACB que me contaba la anécdota -hace muchos años ya- de que un representante de un jugador americano le dijo que lo que más le gustaba de él, es que había observado que cuando entrenaba sonreía.
En dos palabras: se le veía contento y feliz con lo que hacía. Y que por esta razón sabía que su jugador representado estaba en buenas manos.
Si ahora mismo detienen la lectura de este artículo y -no solo se ponen a pensar- en lo que acabo de decir sino que miran a su alrededor, fíjense, por favor, si alguien sonríe.
(Yo mismo. Es decir, usted, lo está haciendo, pregunto).
No puedo contestar por ustedes ni en lo personal ni en lo que han observado. No puedo. Solo puedo contestarles por mí.
Solo por mí, es cierto. Y, sinceramente, a mí cuando veo fútbol me cuesta sonreír. Es decir, traducido a la observación del representante yankee, no soy feliz cuando veo fútbol.
O mejor dicho no he sido muy feliz esta temporada viendo el fútbol español.
Pero no es de mí de quien quiero hablarles –no es relevante que yo sonría o no-, es de los entrenadores y sus funciones y trayectorias. Un poco de su trabajo y sobre todo del hecho, para mí muy importante, de que sonrían o no.
Nadie pone en duda que el entrenador de primer nivel –incluyendo la primera y segunda división española- en este apartado tienen mucha responsabilidad. Tanta que, y esto es una evidencia, son en el 100% de los casos responsables de las derrotas y –déjenmelo decir- solo en el 50% de las victorias. Hay excepciones evidentemente pero no es en esta ocasión las excepciones las que nos traen a esta página sino, precisamente, las generalidades.
A lo largo de esta temporada pasada todos tienen mucho que contar y hasta de que alegrarse y, por supuesto, lamentarse.
No pretende ser este un relatorio de bajas y altas de entrenadores de la primera y segunda división española. Creo que no solo es necesario sino que incluso no aporta nada. Están en la mente de todos las bajas en primera y en segunda. Los nombres de los equipos y de las “piezas de recambio”.
En lo que quiero pararme es en esa ambivalencia -y con esta palabra no quiero hacer ningún juego de palabras- que se ha dado más que con las altas y las bajas en la peculiaridad de que un equipo tenga un “subidón” y un “bajón” en la misma temporada, sin que nadie lo explique. O mejor dicho, sin que seamos capaces de explicarlo.
Tal vez el mejor ejemplo de lo que les hablo sea el Espanyol, del Txingurri Valverde –que la próxima temporada entrenará en Grecia.
Nadie explica el “tobogán” que le ha ocurrido a los “periquitos”, y según mi criterio de un caso como éste se puede aprender más, mucho más, que de un equipo campeón. Pero que mucho más.
Nadie lo cuenta y mucho menos lo explica. El Barça podría ser otro ejemplo –pero en este caso el famoso “entorno”, vende mucho a través de radio, prensa y televisión como para que no creamos todos que lo sabemos todo de todo. Y otro caso “fantástico” ha sido el Valencia, al que como comprenderán, por su evidencia no es necesario dedicarle una sola línea.
En otro extremo parecido al Espanyol pero con la consideración de que Víctor Fernández fue cesado en el Zaragoza cuando las cosas no iban tan mal y luego fueron peor que nunca. Un ejemplo más que insólito ya que primero Garitano aceptó y no aceptó el cargo y luego Irureta no se vio capaz. Eso dijeron.
O el mismo Getafe grande en Europa y en la Copa y pequeño hasta la penúltima jornada en la liga –aunque siempre con un juego bastante “sonriente”, según mi gusto.
Y a otros les fue mucho peor por ejemplo al Murcia, y no digamos al Levante.
Mi experiencia y mi observación que cada año es más fácil –o eso me parece- definir el perfil de un entrenador por sus características.
Y establecería tres tipos de entrenadores: históricos, clásicos y la “nueva ola”. La clasificación es mía. Y se admiten todo tipo de críticas –argumentadas por favor, gracias-.
Los históricos son los mayores y más viejos. De una escuela que basan su conocimiento en que fueron jugadores y en su mejor o peor ojo clínico para elegir al jugador, reconocer sus cualidades, colocarlo en su puesto y a jugar. Esta temporada Vilalonga en el Zaragoza, Chaparro en el Betis. Y llegó hasta el mismo Luis Aragonés para la clasificación. Entrenadores que suelen sacar presión a los jugadores hasta contándoles chistes en la caseta.
Los clásicos llevan unos años, unas temporadas en primera o en segunda y poco a poco –partiendo y hasta compartiendo mucho de los históricos –por ejemplo haber sido jugadores de primera o hasta segunda división- y tal vez con el mismo ojo clínico de los anteriores, han asumido las técnicas más modernas del entrenamiento: físicas, alimentación y en algún caso hasta tácticas –o eso creen ellos- ahí podrían entrar: Caparrós, Aguirre, Lotina. Preciado, David Vidal –sigan añadiendo nombres a la lista.
Por último, la nueva ola. En privado les suelo llamar los semióticos. Aquellos que en palabras de Umberto Eco definía como el que ve sentido donde los demás solo ven cosas.
Para entendernos si usted y yo vamos por una calle comercial y vemos cientos de letreros de bares, cafeterías y otros comercios, solo vemos cosas. Un semiótico ven sentido a esas cosas. (No me creo nada, pero este es mi problema).
Particularmente creo que estos últimos son herederos directos del legado de Arrigo Sacchi. Que no es poco, sin duda alguna. No es poco. Al contrario. Con los principios de Sacchi muchos: Benítez, Quique Flores, Fernando Vázquez, Emery, Arconada-sigan ustedes- han llegado muy lejos. Muy lejos en lo deportivo y en lo económico –cuestión esta última que suele resolver la vida.
Entrenadores donde la estrategia suele tener una función muy importante en el resultado final.
Todos, evidentemente, son entrenadores y personas mejores o peores. No lo sé. Casi nunca o nunca los he visto sonreír.