Oscar Cano

Editorial de la Edición  131

- Oscar Cano / Entrenador Nacional de Fútbol Nivel III

Sarri y el respeto al jugador

Llegaba Maurizio Sarri a la liga inglesa acompañado de una fama, bien merecida, relacionada con su capacidad para esquivar lugares comunes.

En Italia, supuestamente no se podía implementar una idea que transgrediera esa línea que el catenaccio, al que bautizaron como el arte de defender, marcó.

El napolitano desnudó el vacío cliché, a base de pases llenos de contenido, para gritar que jugar bien nos acerca a la indivisibilidad del juego, rompe con el razonamiento que fragmenta.

Conquistar Italia desde esa identidad, a pesar de no poder derrocar clasificatoriamente a la todopoderosa Juventus, llamó la atención de los grandes clubes europeos.
Inglaterra, que parece haberse dado cuenta de que su fútbol estaba obsoleto, había reclutado a Klopp y Guardiola para indagar en esas fórmulas a través de las cuales se hace posible la evolución del balompié.

La llegada del técnico italiano refuerza notablemente la teoría de Humberto Maturana referente a que en la innovación lo más importante es lo que se quiere conservar.

Bajo mi punto de vista, Sarri, al igual que los demás grandes entrenadores, pretende salvaguardar la esencia de este deporte.

Proponer nuevas encrucijadas siempre será una herramienta para que los grandes futbolistas perciban que su potencial es ilimitado.

Advertir que David Luiz va reconociendo lo que provocan sus conductas; ver destacar a Kanté cuando la pelota la predisponen los suyos, o hacer convivir exitosamente a jugadores del talento de Cesc, William, Kovacic o Hazard, sin que se contrapongan sus capacidades, tiene muchísimo mérito.

Evidentemente, Jorginho ayuda desde su sapiencia y comprensión total; pero estamos ante un nuevo caso de demostración de la desmedida condición del ser humano que juega.

El fútbol necesita muchos más ejemplos así. Este deporte precisa de entrenadores que sepan relacionar a sus jugadores, encontrar sus formas preferentes de concordancia, para implementar conceptos que vayan más allá de ese manido discurso de la competitividad.

Personas competentes es lo que se requiere, gente que se prepare para intentar ganar a partir de identificar que en la interacción se halla la mejora del individuo