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Oscar Cano Editorial de la Edición  112
Por Oscar Cano
Entrenador Nacional Nivel III R.F.E.F


Messi y después los demás

Leo Messi nos devuelve todo lo que la genética le permitió tener a través de una estética, llena de eficacia, incontestable.

Ni el más sesudo de los analistas del fútbol podíamos imaginar las continuas reinvenciones del astro argentino.

Juega como si en cada partido nos preguntase a todos, ¿qué querés que haga hoy?

Empezó su trayectoria mostrándonos que era posible desbordar a todos y cada uno de los defensores que le salían al paso, desde espacios exteriores o tras juntarse con los centrocampistas toda vez que Pep Guardiola le dio un nuevo estímulo.

Desde esas zonas más centradas, vislumbramos la excelencia de un pasador colosal, de alguien que veía los desmarques definitivos de sus compañeros con una nitidez distintas.

Si la última línea se retrasaba a medida que se producían dichas penetraciones, él conducía sobre el espacio abierto transformándose en un repetitivo goleador.

Los técnicos adversarios lo han probado todo, desde emboscadas grupales hasta férreos marcajes personales, sin ninguna suerte.

Si le marcas de cerca únicamente necesita décimas de segundo para invitarte a un baile en el que acabarás en el suelo o tarjeteado.

Si la defensa es colectiva, sus colegas empiezan a frotarse las manos porque Leo fijará a tantos opositores que el festín generado para el resto es inacabable.

Ahora, es chico de juego egocéntrico disfruta pasando el balón, permitiendo que la gloria se la lleven los demás.

Con independencia de la demarcación que ocupe su eficacia es total.

Se puede convertir en colaborador en el inicio de las jugadas siempre que perciba dificultad en el mismo, preparar el desequilibrio o ejecutarlo él mismo.

La comparativa con cualquier otro jugador del mundo, actual o de otra época, simplemente sirve para generar un debate que parece ridículo.

Ni hay, ni hubo alguien así jamás.



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Portada Nº 112